¿Cuánto cambiamos y cuánto permanecemos?
En pocas semanas se dará uno de esos rituales sociales que espero con ganas cada año: la cena con los amigos del instituto. Y este año, tenemos además una celebración: hace veinte años que nos reunimos. Más de la mitad de nuestra vida.
Creo que tiene mucho mérito que un grupo de amigos (somos entre 12 y 15, según el año) mantenga contacto de esta manera. Os parecerá una tontería, pero me gusta mucho ver cómo cambiamos, y también como aunque la vida nos ha deparado caminos diferentes, tampoco andamos tan lejos unos de otros en lo más elemental. Aparecen parejas, desaparecen otras, surgen niños, que crecen deprisa, cambios laborales, cambios de residencia, cambios físicos...
Lo más interesante es la evolución de cada uno. Quién fue un adolescente asalvajado es ahora un padre de familia calmado y equlibrado; quién fue un empolloncete serio es hoy un simpático bala perdida, quién parecia que iba a comerse el mundo efectivamente de lo come a grandes mordiscos... Las que eran guapas son hoy mujeres de una belleza reposada, los que éramos poco agraciados somos ahora además medio calvos y gorditos :-)
¿Cuánto nos cambia lo que aprendemos, lo que leemos, lo que hacemos y lo que nos hacen, lo que vivimos, lo que viajamos? ¿Qué tiene en común cada uno de nosotros con quién eramos hace veinte años, cuando terminamos el bachillerato? ¿Qué queda, qué permanece de quiénes somos mientras somos?
A raíz de estas preguntas, me viene muy bien una cita de Nocilla Dream, el libro de Agustín Fernández Mallo:
Un desierto que no avanza, un tiempo mineralizado y detenido llevamos dentro. De ahí que el "yo" consista en una hipótesis inamovible que al nacer se nos asigna y que hasta el final sin éxito intentamos demostrar.
(la foto es un ejercicio de maquillaje de envejecimiento del actor y publicista Luis Torres Valdivia)
